¡Ay, basta! Después la voy a colgar la ropa, ya voy... ¡Pero dejame a mí que la cuelgo, vos andate! ¡Chaaau!
Pfff, bueno, acá empieza la historia...
Había una vez... Un reino no tan lejano del que nos hablan los cuentos, (calcule la distancia desde su localidad) ubicado en el barrio de Mataderos. En ese reino verdinegro, tranquilo y bien gauchesco vivía una hermosa familia real, compuesta por el rey, la reina y su princesa. Esos reyes luchaban día a día con espadas y armas (y unos cuántos medicamentos) para combatir a los villanos microscópicos que atentaban la salud de los habitantes del reino (verdinegro y alrededores). La princesa, radiante y luminosa como su nombre, pasaba innumerables horas con la dulzura de su abuela... Esa abuela que la rescataba del temeroso Jardín de Infantes. Los reyes la retaban a la pobre abuelita ¡más vale!
Hasta que un día, luego de 4 otoños, un 16 de Abril de 1993... Llegó otra princesita, más morocha que la anterior y un poco defectuosa al nacer (una princesa bastante original, digamos) que llevaba un nombre victorioso. Para ser sinceros, esta nueva princesa tenía un humor muy especial (el cual sigue conservando). Los primeros días al asomar su vida al mundo, no paraba de llorar. Y la reina tenía miedo, porque se decía que por esos días en el reino hospitalario robaban a los nuevos príncipes y princesas que nacían (se salvó).

Esa princesa, morocha y rulosa, creció un poco más y comenzó a vivir una parte de su vida en el reino escolar (no precisamente en una torre), donde la obligaban a tomar mucha sopa, porque le decían que tenía que crecer.
Crecer... ¡Claro! La princesita siguió creciendo, mirando los rostros de su familia real... Que, no estaban muy contentos. Los reyes y la princesa mayor se sentían tristes porque no habían podido luchar contra esos villanos malvados que atentaban la vida de los habitantes. Y no cualquiera, esta vez vencieron a la dulzura de su abuelita y a su tío "gordo", quienes habían mimado con muñecas y chocolates a las princesas y al príncipe (el galán no podía faltar), que era su primo.
La princesa no entendía todavía, y siguió creciendo con muchos compañeros y en un nuevo colegio... Le costó separarse de la reina el día que empezó 1º grado, pero después se fue acostumbrando. "Nuestra obligación es trabajar, tu única obligación es estudiar", frase típica de los reyes que sonaba siempre en sus oídos (hasta hoy en día). Viviendo en su cuento de hadas... ¿Cómo no iba a soñar que era una de las tantas princesas de Disney? En ese mundo pasaba tardes y tardes con su amiga Mariana, jugando a las barbies y tomando la leche. ¡Cómo no olvidarse que a las 5 de la tarde tenían que ver Chiquititas!

En un futuro, la pequeña princesa soñaba con ser veterinaria y curar a todos los animalitos del reino.
Pero vieron como pasan las horas, ¿no? Siguió creciendo... (Y conservando su carácter). La princesita aprendía muchísimas cosas, también se preparaba para tomar la comunión. Descubría nuevos talentos que surgían en ella, como lo era (y sigue siendo) la danza, acompañada de su amiga Karito, con quien también iba a natación, a narración, a Necochea y a muchos lugares más.

En otro futuro, soñaba con ser abogada y mantener orden. En ese futuro, pero pronto se venía otro.
Cada vez más rápido, pasaban los minutos... ¡Y se fue a Carlos Paz con todo séptimo grado! La pasó bien la princesa ahí, ¡eh! Pero al pasar un año, algo nuevo se aproximaba. Algo nuevo que la había hecho dudar como a nadie (¿Mercantil o CBU? ¿Mercantil o CBU?), ya fue: Mercantil. Por suerte, la princesa no tenía problemas en la secundaria, por ende, tampoco tenía problemas con los reyes. ¡Bah! Uno sí, y era que todavía no la dejaban ir a bailar. Pero ella vivía feliz con las otras princesas... Sus amigas, las viejas y las que había empezado a conocer en la secundaria. Así que demasiado no le importaba.
Y siguió creciendo... Y ya está. Hubo un día que ya no se pudo considerar más una princesa, porque se dio cuenta que no existía el mundo de hadas y la vida no era de color rosa. La princesa, ehh, perdón, digo... María Laura se daba cuenta que algo estaba cambiando y la estaba marcando para siempre. Ese algo la estaba haciendo crecer un poco más, o mejor dicho "madurar" un poco más. Existieron días tristes y felices, pero esos días la hicieron cambiar... (Exceptuando su carácter, vale aclarar). Y no dejó finalmente de ser princesa cuando se cumplió uno de sus sueños y vivió su fiesta de quince. Fueron otras cosas...
Otra vez, como aquella princesa chiquita... Miraba los rostros de su familia (ya no real). Pero esta vez lo entendía y lo asumía. Iba a extrañar infinidades a su abuelo, ese lindo y rezongón abuelo que muchas veces la había ido a buscar al colegio, le había comprado barras enormes de Mantecol y le había enseñado palabras en Quechua (bien santiagueño su abuelito).

Hoy, Lali (como la llaman sus amigos), sigue aprendiendo y viviendo la vida con lo malo y lo bueno (y su carácter)... Con sus mejores amigas, sus amigos, su curso y su familia. Aprendió que le cuesta mucho llegar a ser la persona que quiere ser, pero que todavía tiene tiempo de poder lograrlo. En el próximo futuro que se avecina en dos años, tiene un nuevo destino. Ya no sueña con ser veterinaria, ni abogada, ni princesa... Sueña con cambiar de una vez y para siempre toda la injusticia y la traición que vive (y vivió), pero para eso falta mucho. Ella no baja los brazos, y sabe que ese sueño la va a mantener viva durante toda su vida. Ése es su sueño además de ser feliz siempre.
Ése es su sueño. Y ella sigue creciendo...
Fin... (¿Por qué fin si todavía va a seguir?)
¡Hasta siempre!
(Y voy a colgar la ropa que mamá viene y me mata).
Saludos, la chica del cuento...
María Laura