Todo sucedió un 28 de Agosto. Estaba feliz, en la clase de gimnasia del colegio. Un día normal, corriendo unas 4 o 5 vueltitas, MÁS no. Digamos que no era primavera porque con el calor que está haciendo nos convertimos en unas “obreras industriales” haciendo huelga para no correr (Aplico los conceptos de Ferreyra, Jaja). Bueno, era invierno y estábamos jugando un partido. Siguió todo normal, hasta que Anto vino corriendo para tirar al arco y yo en una corrida de otro planeta quise defender. Ahora la cuestión: nunca llegue a tapar la pelota. Mi tobillo se retorció unas 3 veces y me tiré al suelo cual jugador de fútbol después de un planchazo (Incluyo una fotito para hacerlo más gráfico)

Bueno tan así no jajaja. No voy a exagerar.
Estuve tirada hasta que pararon el partido porque no me había levantado (o quizá porque directamente ya era la hora de salida). Me pusieron hielo inmediatamente en mi tobillo derecho y luego intentaron pararme. De nuevo desparramada por el piso. No pude ni siquiera pisar.
Era jueves y parecía que todo el mundo se había accidentado en los colegios, ya que la ayuda médica llego minutos antes de que pasara una hora de espera en la sala de profesores con un tobillo inválido.
Y yo que pensaba que era una torcedura normal… me mandaron a ponerme hielo, y si se hinchaba (todavía no se había hinchado) me aconsejaron que me sacara una placa.
Salté en una pata, hasta la puerta. Volví a mi casa en el auto de la profesora Andrea, porque mamá… ¡no tenía el auto!
Llegué a mi casa, y para cualquier lado que quería moverme me tenían que ayudar. Así transcurrió todo mi BENDITO jueves.
Y cuando ya era viernes, (por supuesto no fui al colegio) el dolor se fue acrecentando. Me dolía al dormir, no lo podía mover porque sentía una especie de punzadas que me quemaban. Entonces me llevaron. Sí, al médico. Trágico, trágico. ODIO ir al médico.
Pero ya estaba ahí, y me estaban llamando por alto parlante porque era mi hora de hacerme la radiografía. Lo peor de todo es que al no poder moverme me trajeron una silla de ruedas, aunque yo insistía en ir “rengueando”, me tuve que sentar. Mi tío manejaba, y yo era una especie de Schumacher discapacitado por todo el hospital. La pista eran los pasillos del Hospital Italiano.
Hasta ese momento todo lindo, cuando un eco de “Tenés una distensión de ligamentos” me aturdió, y más todavía cuando el médico pronunció “3 semanas con bota ortopédica”. ¿¿¿¿¿¿QUEEEEE??????, contesté. No podía ser. Pero así era.
Fase 1:
Los primeros días fueron difíciles. Yo, Carolina Ponce, no puedo quedarme quieta, y ahora tenía que estarlo porque no me acostumbraba a mi nueva amiga. Lo peor: ir al colegio así. ¿Cómo iba a hacer?, bueno, tenía que ir y aguantarme que me preguntaran qué me pasó y alguna que otra gastada. Gastadas que después se hicieron habituales e infaltables cada mañana: ‘Pata de palo’, ‘Gato con botas’ y la típica de Hernán: ‘Insecto ponete zapatillas negras así te combina y se disimula’. Después iba todos los días con zapatillas negras y me felicitaba porque había aprendido, pero no se ¡DI SI MU LA BA!, ¡¿Cómo se iba a disimular semejante cosa?! Era horrible. Y así de bien también la pase la primer semana. Sin poder salir los fines de semana y quedándome en casa. Hasta que dije ‘ya fue, yo salgo’. Y con bota y todo fui al cine con todos, era medio complicado, me tenían que esperar, ayudarme a bajar escaleras y después, al llegar a casa a soportar el dolor. Otro esfuerzo era tomarme las pastillas para que no me doliera, ya que ODIO (también) tomar cualquier tipo de remedios.
Fase 2:
¡Apurate! ¡Sanate rápido! Tengo que ir al cumpleaños de una amiga que lo festeja yendo a bailar. No puede ser, no aguanto más, me voy a sacar esta bota fea. No puedo hacer nada, me quedo en casa todo el tiempo, me molesta me molesta ME MOLESTA!
Llanto, llanto, llanto.
Esos eran mis planteos, mi bronca. Mira lo que era mi suerte que 5 minutos antes de terminar la clase me pasa esto. Una caída tonta, más bronca todavía.
Fase 2 y ¾:
Me la saco. No me importa. Ya tengo turno con el doctor el viernes, y ya casi se cumplen las 3 semanas. Fue.
Y me la saqué.
Fase 3 y última:
El viernes cuando fui al traumatólogo me revisó y esta vez la suerte estaba de mi lado cuando dijo: “Ni rehabilitación ni kinesiología. Natación, Pilates, o algún otro deporte para fortalecer el ligamento. Ah, y a usar una tobillera para hacer ejercicio”.
¡Q-U-E F-E-L-I-C-I-D-A-D! Podía caminar, ya no era una inválida. ¡podía ir a bailar esa noche!
Lo peor ya pasó, pero lo recuerdo cuando abro el placard y veo la bota ahí, o cuando me pongo la tobillera (infaltable) para jugar. Y más todavía cuando hay humedad y ¡me duele!
Carolina, Ponce